SISMO: HISTORIAS DE ÁNGELES Y DEMONIOS

Por Ricardo Téllez

Cada día, veo a este mundo mío que tampoco nos pertenece a través de la ventana de Internet, donde están todas las cosas. Busco noticias sobre el sismo, encuentro una etiqueta, la 19-S, y me temo que este afán de simplificación y economía lingüística se reproduce en todos los ámbitos, y que así como se redujo un evento de semejante magnitud a un simple “19-S”, pronto así se minimice todo lo que ello representó hasta llegar casi a un nivel de simple anécdota.
Busco historias, historias que ayuden a humanizar lo que ocurrió y al mismo tiempo me recuerden que nosotros lo seguimos siendo, humanos, personas. Y, efectivamente, encuentro historias de personas, y de personas que son más que personas, y de personas que son menos que personas. Me encuentro con ángeles y con demonios.
Veo a un anciano voluntario, un veterano de la Cruz Roja, cargando afanosamente cajas en un centro de acopio. Su mirada fija en la preciada carga. Sabe lo que ello representa para las familias en desgracia. Suspiro.
Salta la imagen de Miguel Ángel Macera, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, quien convocó a rueda de prensa para exhibir un documento en el que consta su “generoso” donativo de mil pesos, con el pretexto de mostrarle a los mexicanos cómo donar a través de la plataforma que para tal efecto dispuso la CDMX. Mil pesos contra un sueldo mensual de más de 106 mil pesos como jefe de Gobierno, contra una percepción anual de casi 3 millones de pesos. Juzgo y valoro, no hay nivel de comparación entre el esfuerzo del veterano de la Cruz Roja y Mancera, ni tampoco con el donativo de Roberto Saldivar Ramírez, el dueño de la ferretería “Materiales del parque”, quien donó todo su inventario a voluntarios para que pudieran realizar labores de rescate.
Pienso también en las otras plataformas, en las que utilizaron algunos que, aprovechándose de la mezcla de desgracia y solidaridad, crearon páginas falsas en internet para supuestamente recibir donativos y de esta manera defraudar a incautos.
Hallo la imagen de Eduardo Zárate Vargas, el michoacano que fue fotografiado en su silla de ruedas ayudando en las labores de rescate; se trasladó desde su tierra natal a la Ciudad de México porque sabía que en un edificio colapsado se encontraba su amigo Fernando. Trabajó 24 horas seguidas hasta que no pudo más, se cayó de su silla y se lastimó la mano porque el peso de un escombró lo venció, pero le bastó solo un descanso para seguir con su titánica labor, la cual obtuvo recompensa, le tocó ver a su amigo rescatado y con vida.
La imagen de Eduardo contrasta con la de otros personajes, sentados en otro tipo de sillas, más que sillas sillones ejecutivos, en amplias y confortables oficinas, discutiendo sin sudar siquiera qué tanto deben “donar” del dinero del pueblo, no de ellos, para ayudar a los damnificados. Los senadores dispusieron la creación de un fondo, claro, con recursos públicos, y los líderes de los principales partidos políticos se enfrascaron en una subasta para ver quién ofrecía más, también del dinero que no es de ellos.
Me conmuevo ante la imagen del soldado llorando y sufriendo luego de recuperar los cuerpos de una madre y una hija. Estaban muertas. Tiene que ser sostenido por otros rescatistas voluntarios para no desfallecer del pesar. El esposo y padre de las víctimas agradece en emotivo mensaje al uniformado: “Gracias por que sin saberlo me regalaste la oportunidad de despedirme de mi esposa e hija, gracias porque sin dudarlo arriésgate tu vida bajo los escombros y junto con los demás diste hasta el último esfuerzo para rescatarle, supe que cuando viste su bracito bajo aquel escombro ese 19 de septiembre gritaste con un dolor palpable e insoportable, desgarraste tu garganta y tus lágrimas brotaron como si hubiese sido tu propia sangre quien hallabas sin vida”. De nuevo recobro las esperanzas en México y en sus instituciones.
Personas enfundadas en uniformes de Protección Civil llegan a un edificio de departamentos para evaluar los daños al inmueble. Tocan a las puertas y la gente los deja pasar. En cuestión de minutos, todos fueron robados. Eran impostores.
En Jojutla, Morelos, epicentro del sismo del 19 de septiembre, Héctor Rodarte, de 27 años, recorre las calles de su pueblo ayudando a las familias a recuperar sus pertenencias, ayudando a remover escombros. Al igual que Eduardo Zárate, Héctor trabaja sin descanso todo el día, solo duerme un rato por la noche. Recorrió mucha más distancia a pie que cualquier funcionario público y eso que Héctor lo hizo con una sola pierna. Su condición no fue impedimento para su generosa entrega y esfuerzo.
Pienso en Juan de Dios Mondragón Bustamante, el plomero que viajó de aventón desde Huichapan, Hidalgo, hasta la Ciudad de México, para apoyar en el rescate de víctimas atrapadas en el edificio de Álvaro Obregón 286 en la colonia Roma Norte. Dijo que si había rescatistas que venían de tan lejos como de Japón o Israel, por qué él, que estaba más cerca, no podía hacerlo.
Ante el caso de Juan de Dios me viene a la mente el de otro rescatista voluntario que también quería viajar a la capital del país, Miguel Cervantes, quien siendo trabajador del DIF de Coahuila era al mismo tiempo integrante de Topos Azteca Birta Noreste y que por lo mismo pidió permiso en la dependencia para acudir a la Ciudad de México a apoyar en las labores de rescate. En el DIF le dijeron que no podían atender su solicitud y le advirtieron que si se iba a apoyar sería despedido: “Ahorita andan bien cargados de jale por lo de la contingencia, pero vas pa’ fuera Miguel, nos vas a causar baja”. Ante la urgencia, Miguel no hizo caso y se fue a la CDMX. Su despido ya le fue notificado.
Y así siguen surgiendo más y más historias. Las de la rapiña, las de los damnificados montando guardias sin dormir para vigilar sus edificios, para que no los roben; las de empleados de dependencias públicas en Morelos desviando los víveres donados para ponerles etiquetas y hacer parecer que fueron donaciones del Gobierno; la del montaje de la niña Frida Sofía; la de los padres cuya hija murió en el sismo pero que descubrieron que los ahorros de ella habían sido sustraídos de una tarjeta días después de la tragedia; las de los víveres donados que fueron vendidos; las de los negocios aumentando el precio de productos para sacar ganancia de la situación; las de los políticos apersonándose en las áreas devastadas solo para la foto; las de los padres cuyos hijos murieron en el Colegio Enrique Rébsamen, tras el colapso de un edificio que ahora se sabe se construyó de manera irregular y ante la negligencia de las autoridades; siento rabia y los maldigo a todos.
Pero están otras historias más, las de los voluntarios, las de los mexicanos que aunque les pedían que se retiraran no lo hacían y continuaban apoyando en la remoción de escombros, en la recuperación de personas, en la búsqueda incesante de los otros, para reencontrarse con ellos mismos, con su país; las historias de la gente humilde donando lo poco que tenían; la de Frida, la perrita rescatista que le ha dado la vuelta al mundo; la del México unido; la de la cadena humana trabajando aún bajo la intensa lluvia; la historia del México que queremos ver, la historia del México solidario, del México ciudadano.

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