EL DINERO “DE” LOS PARTIDOS

 

Por Ricardo Téllez

Dicen que por salud mental es conveniente que tengamos una dosis de positivismo, estoy de acuerdo aunque prefiero que ese positivismo sea fundamentado, lo que sí he visto necesario y más tratándose de cuestiones políticas, es que por nuestro bienestar social practiquemos la suspicacia, la duda razonable, la pregunta y el análisis. Como en el caso que ahora nos ocupa, sobre la guerra de “ofertas” que se ha desatado a partir de los “generosos” ofrecimientos que han hecho los partidos políticos respecto al financiamiento que reciben para destinarlo a los damnificados por los sismos.

Y es que su actitud camaleónica y cambiante no puede hacer otra cosa sino despertar sospechas. El primero en hacer una propuesta de esta naturaleza fue Andrés Manuel López Obrador, dirigente nacional de Morena, quien el pasado 14 de septiembre propuso destinar el 20% del gasto de campaña de su partido (más o menos 41 millones de pesos) para los damnificados del sismo de 8.2 grados del 7 de septiembre así como del huracán Katia, pero enseguida sus detractores lo acusaron de lucrar con la desgracia y de que solo buscaba ganar protagonismo, porque bien sabía que no era posible tal acción ya que dicho recurso no puede aplicarse para fines distintos para el que están destinados, lo cual fue confirmado por Consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE), en concreto por Benito Nacif, quien el mismo día en que AMLO anunciara su iniciativa en redes sociales, le respondió al tabasqueño que “los partidos solo pueden usar sus prerrogativas para los fines establecidos en la ley; si se apartan de esos fines, incurren en una falta que, al momento de revisar los informes de gastos, el INE está obligado a sancionar”.

Aunque de entrada no pegó, sí quedó ahí la espinita en la sociedad civil sobre la conveniencia de usar el dinero destinado a los partidos para fines como el señalado, tema que se reavivó con mayor fuerza tras el sismo del pasado 19 de septiembre. Entonces se desató la guerra de ofertas: Enrique Ochoa Reza, líder nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI) ofreció el 25%, porcentualmente un poquito más que López Obrador, pero luego éste hizo una contraoferta y ofreció ya no el 20%, ni tampoco el 25%, sino ahora el 50%, no sin antes aprovechar para acusar a “la mafia del poder” -esa entidad siniestra, incorpórea y omnipresente- de estarle impidiendo ayudar a los necesitados. Luego, el pasado 22 de septiembre, los dirigentes nacionales del PRD, PAN y Movimiento Ciudadano, unidos en el llamado Frente Ciudadano Por México, lanzaron un spot donde propusieron que el 100% del dinero presupuestado para los partidos se destine a los damnificados. Ante ello, al PRI no le quedó de otra más que elevar su oferta y Ochoa Reza ofreció también el 100%, solo que sería el 100% de los recursos pendientes de recibir por su partido para lo que resta del año, pero con el pilón de eliminar los “pluris”, es decir, a los diputados y senadores de representación proporcional, para ahorrarse ese dinero y mejor destinarlo a los mismos fines de ayuda.

Hasta aquí todo muy bonito. Pero, ¿por qué cambiaron de opinión los partidos?, ¿por qué no respondieron igual ante la primera oferta de López Obrador del 14 de septiembre? Sin duda, tiene que ver la enorme presión social, pues hay una total coincidencia en la población que el dinero que reciben los partidos es excesivo y que sería más útil destinarlo a la contingencia. Desde mi particular punto de vista, el truco de todo esto está en lo siguiente: 1. Si prospera esta iniciativa, tal acción ayudaría a aliviar, en parte, la tremenda crisis de credibilidad de la clase política, especialmente de los partidos políticos, los cuales por algo representan la institución con menos credibilidad en el país, según estudios realizados; 2. Los partidos ganarían puntos ante la opinión pública al disponer de recursos que finalmente son públicos, por lo que no tendrían que erogar de sus bolsillos; y, 3. Estarían reabriendo las puertas a un mayor financiamiento privado de los partidos, algo que me parece sumamente delicado, porque en nuestro país, al menos, significa la posibilidad de hacer muchas cosas y de adquirir compromisos con grupos de poder y no tanto con el pueblo.

Si bien actualmente es válido que los partidos reciban financiamiento privado proveniente de fuentes como militantes y simpatizantes, además del autofinanciamiento y rendimientos financieros, este tipo de financiamiento estaba copado ya no que debería de ser mayor al financiamiento público, pero si se elimina el financiamiento público los partidos tendrían la excusa perfecta para aumentar los financiamientos privados. ¿Quién o quiénes están en condiciones de aportar las millonarias cantidades que gastan los partidos en su operación? Creo que todos lo sabemos, como también sabemos cuáles serían las consecuencias de recibir semejantes cantidades de recursos provenientes de esas fuentes, sobre todo porque entonces los compromisos contraídos por los partidos, antes que ser con el pueblo, serían con sus “inversionistas”. Claro, podríamos alegar que para eso está la fiscalización de los partidos para asegurarnos que no haya exceso de recursos y que éstos provengan de fuentes legales, o de que luego esos inversionistas no vayan a cobrar y con creces sus aportaciones, pero seamos honestos, la fiscalización de los partidos y de los gobiernos no ha funcionado en nuestro país.

Por lo anterior, en mi opinión, antes de hablar de eliminar totalmente el financiamiento a los partidos habría que explorar otras opciones, como por ejemplo: ¿requerimos sostener a tantos partidos?, hay unos que dependen de las alianzas para su supervivencia porque su nivel de representatividad es nulo o insuficiente?; ¿necesitamos una burocracia electoral tan obesa?, a partir de la pasada reforma político-electoral, creció demasiado y ello no ha significado una mejor operación, es más, también las autoridades electorales han perdido credibilidad; ¿son justos los salarios de la burocracia electoral?, ¿son justos los emolumentos de toda nuestra clase política?

Me parece que tenemos todavía mucha tela de dónde cortar.

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