A FONDO: CONTRA LA CORRUPCIÓN

Aclarado de que la corrupción no es exclusiva de México, necesario es destacar que lamentablemente en nuestra nación existen condiciones especiales que la agravan. Me referiré a dos en particular: la corrupción institucionalizada y la impunidad

Por Ricardo Téllez

Si la corrupción somos todos, entonces a cada uno de nosotros corresponde romper la cadena de la corrupción, tema con el cual el pasado 9 de diciembre se celebró el Día Internacional contra la Corrupción.

Esta fecha se conmemora cada año desde que en octubre de 2003 la Asamblea General de la ONU aprobara la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, misma que entró en vigor en diciembre de 2005.

En este 2015, la campaña internacional conjunta se centra en cómo la corrupción socava la democracia y el estado de derecho, lleva a violaciones de los derechos humanos, distorsiona los mercados, erosiona la calidad de vida y permite que prosperen el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas a la seguridad humana, por lo que entonces da una dimensión mayor al impacto “doméstico” que suele dársele enfocado en el daño a los bolsillos de las personas, sino que incluso lo eleva a un grado de cuestión de seguridad humana.

Si bien ha sido la corrupción la piedra en el zapato de ciudadanos de todo el mundo en su vida cotidiana, a partir de los acontecimientos actuales donde vemos a unos países como el nuestro, azotados por el crimen organizado y a otros, inmersos en actos de guerrilla y terrorismo; se visibiliza el vínculo que hay entre un fenómeno y otro, es decir, sin la corrupción tampoco serían sostenibles las redes que se tejen tanto de relaciones y permisibilidad como de financiamiento, que requieren estos problemas para que existan. El tráfico de armas, el lavado de dinero, la falta de combatividad, la impunidad, entre otros factores, son necesarios para que persista la situación actual que han hecho de tráfico de drogas, guerrillas y terrorismo, problemas que rebasaron lo local y hoy impactan en las sociedades del mundo.

En México, la percepción de corrupción obtenida tanto desde fuera como desde dentro del país, no deja de ser un tema de todos los días. La corrupción no es un problema reciente, ni tampoco exclusivo de los mexicanos, es más, contrario a lo que muchos pudieran pensar, nuestro país tampoco ocupa los primeros lugares de corrupción en el mundo. Cada año, Transparencia Internacional, una organización de expertos, entre acciones mide y publica el Índice de percepción de la corrupción (IPC), en el que califica a un amplio grupo de países, utilizando una escala del 0 (percepción de altos niveles de corrupción) a 100 (percepción de muy bajos niveles de corrupción) para obtener la clasificación de los países en función de la percepción de corrupción del sector público. En los datos correspondientes al 2014, ubican a México en el lugar 103 de 174 países, donde el menos corrupto ocupar el lugar número 1 y el más corrupto el lugar 174, es decir, si bien hay 102 naciones percibidas como menos corruptas que México, nuestro país es percibido –al mismo tiempo- como menos corrupto que otros 71 países. No obstante es de destacar que en cada evaluación la percepción de corrupción en México va en aumento, pues mientras que en 1995 ocupaba la posición número 35 (el mejor índice para los mexicanos en la historia de la medición), para el 2014 cayó al lugar 103.

Aclarado de que la corrupción no es exclusiva de México, necesario es destacar que lamentablemente en nuestra nación existen condiciones especiales que lo agravan. Me referiré a dos en particular: la corrupción institucionalizada y la impunidad.

Con corrupción institucional me refiero al patrón de conductas corruptoras que están establecidas y que de alguna manera hemos terminado aceptando, tolerando y hasta hemos sido parte del sistema, ya sea como víctimas o aprovechándonos del mismo.

Tiene que ver con aspectos culturales, creencias y comportamientos a partir de éstas. La frase de: “el que no transa no avanza”, es la prueba máxima de ello. La mordida institucionalizada es el producto más visible de este tipo de corrupción. En México a la corrupción se le considera como “el aceite de la maquinaria económica, engrane del sistema de justicia y factor para que las cosas funcionen”, apunta el analista José Luis Antón Alvarado, quien escribe para la revista Forbes. Según estudios del Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO), dados a conocer en noviembre pasado, el 63% de los empresarios entrevistados afirman que la corrupción es parte de la cultura para hacer negocios, que es necesaria para concretarlos, ya que de no ser así los contratos no fluyen, no se reciben concesiones. Tanto es así que el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, calcula que las mordidas que pagan empresas en México ascienden a un equivalente al 10% de sus ingresos, lo que corresponde a un rango entre 7% y 9% del Producto Interno Bruto (PIB).

En cuanto a la impunidad basta destacar una diferencia con respecto a lo que pasa en otros países. Por ejemplo, entre 1976 y 2008 se han castigado a más de 25 mil funcionarios públicos de los tres órdenes de gobierno en Estados Unidos; en Brasil, más de 25 funcionarios de alto nivel han sido sentenciados, incluyendo al brazo derecho del ex presidente Lula; en España, hay 1,700 causas abiertas por corrupción y más de 500 indiciados; pero en México, del 2000 al 2013 ha habido 71 denuncias en contra de gobernadores por escándalos de corrupción, pero las autoridades solo han investigado 16, y de ahí solo 4 fueron procesados.

En esta semana que inicia mañana, las autoridades del estado aseguraron que darán a conocer los nombres de ex funcionarios públicos que en administraciones pasadas cometieron actos de corrupción. No solo es justo que pague quien la haga, sino que es conveniente para empezar a terminar con esa imagen que se tiene de que en nuestro país, la corrupción es la norma y la impunidad su protectora.

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